Experiencias lingüísticas de un traductor español en Colombia – Fonética

Como continuación a la introducción sobre las experiencias lingüísticas que he tenido durante casi dos años residiendo en Colombia, a continuación voy a exponer a modo de artículo anecdótico, es decir, sin ningún tipo de intención didáctica ni sistemática, los fenómenos fonéticos que más me han llamado la atención. Antes de nada, creo necesario resaltar que la mayoría de los comentarios que vierto a continuación hacen referencia al español hablado en Bogotá, ciudad donde he pasado la mayor parte de mi estancia y que cuando no sea así especificaré el lugar al que hago referencia. Así que vamos a ello.

Cómo hablan los colombianos (principalmente de Bogotá)

La verdad es que antes de llegar a Bogotá me esperaba encontrar más diferencias de pronunciación con el español ibérico y concretamente con el centropeninsular, zona de donde provengo. El motivo: mi profunda ignorancia de Colombia y sus gentes. Como ya dije en el anterior artículo, hasta que no llegué a Bogotá y pasó un tiempo prudencial —digamos, después de tres o cuatro meses— no aprendí las características más llamativas del español hablado —no digamos ya del escrito— de este país sudamericano. En mis viajes anteriores había conocido argentinos, uruguayos, mexicanos, cubanos, pero nunca tuve la ocasión de conocer colombianos y, por tanto, tampoco de oírles hablar. De modo que cuando llegué, procuré curar mi profunda ignorancia prestando siempre atención a todo tipo de conversaciones y viendo programas de televisión con cierta intención analítica. Y es que sobre todo gracias a la televisión y, concretamente a los programas informativos, pude conocer más de cerca no sólo la pronunciación «estándar» del colombiano, sino los acentos y modos de expresión de otros países sudamericanos como Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia. Pues en los telediarios colombianos las noticias de países latinoamericanos son más abundantes que las que suelen retransmitir en España. Así, poco a poco, me empecé a dar cuenta de que aunque en toda Colombia existen diversos dialectos y pronunciaciones, el español hablado en su capital, Bogotá, resulta bastante comprensible. Diría que la dificultad para comprender a un colombiano sólo se producía en conversaciones entre gente joven, quienes no sólo emplean una terminología (casi diría argot) propia, sino que también articulan de un modo particular. Los chicos suelen arrastrar mucho las eses y muestran una tesitura baja, tirando a grave o muy grave (como la de un bajo o un barítono de canto clásico), y las chicas tienden a alargar ciertas vocales durante el discurso.

En general, el acento bogotano es muy limpio y fácil de entender para un español. Prácticamente la característica más representativa es que se pronuncia con una musicalidad propia que en el español de España no existe. Y con musicalidad me refiero a la gran variación de tonos que se producen al articular. De hecho yo siempre he tenido la sensación de que los españoles, con algunas excepciones como, entre otros, los que provienen del tercio sur de la península, hablamos de manera muy monótona. Esta musicalidad al hablar es un fenómeno presente en toda América Latina, por lo que al oír hablar a un boliviano, peruano o ecuatoriano lo primero que nos llama la atención es la musicalidad con la que articula; no digamos si el interlocutor es del Caribe, como lo sería un venezolano, un colombiano de la costa atlántica (llamados costeños) o un cubano.

A nivel de pronunciación, el español hablado en Bogotá es —con algunas pocas excepciones— muy similar al hablado en España. Entre esas excepciones destacaría dos (hay muchas más, sobre todo si se tiene en cuenta todo el territorio nacional colombiano, muy rico en matices fonéticos): el fenómeno del seseo, por lo demás extendido en toda América Latina, y la suavización de la j hasta convertirla en una h aspirada. Así, por ejemplo la palabra trabajo se pronuncia más o menos como trabaho (aspirando la h como la palabra inglesa home), la palabra coger (que no tiene el significado de tener relaciones sexuales como en Argentina, sino el de tomar, aferrar) se pronuncia coher y el nombre propio Jorge se pronuncia Horhe. La j pronunciada a la española resulta tan fuerte que es incluso motivo de mofa. Tengo un amigo que cuando intenta imitar la pronunciación de un español hace siempre especial hincapié en esta consonante.

Además de estos fenómenos mencionados me gustaría resaltar dos que para los propios esquemas fonéticos del español hablado en Colombia, concretamente el de Bogotá, representan una excepción curiosa. Se trata de la pronunciación de las siguientes palabras: halar y cónyuge.

En Colombia la consonante h es muda y por lo tanto no se pronuncia, al igual que ocurre en la Península Ibérica. Sin embargo, en la palabra halar, que significa tirar hacia sí de algo, por ejemplo de una puerta para abrirla, se pronuncia claramente aspirada. He preguntado a amigos y familiares de mi pareja y nadie ha sabido darme una respuesta de por qué esta excepción. No esperaba otra cosa porque entiendo que para este tipo de situaciones lingüísticas hay que tener conocimientos avanzados. Buscando la etimología de halar, según el DRAE proviene de la palabra francesa haler, en la que tampoco se pronuncia la h inicial, lo que termina por desorientarme aún más, ya que muchas veces la explicación viene dada por el origen del fenómeno. Continuando con la investigación encuentro que el mismo DRAE contempla la forma más cercana a esta pronunciación con el lema jalar, haciendo hincapié, eso sí, en que se trata de un coloquialismo. Jalar es una clara adaptación fiel de la pronunciación de halar.

Cónyuge ha representado desde que la oí por primera vez quizá el misterio fonético más interesante de todos. La oía pronunciar cónyugue en la televisión, se la oía decir así a mi pareja, a amigos, a gente anónima por la calle, hasta que hubo un momento en el que llegué a pensar que era yo el que estaba equivocado. Al parecer, se trata de una pronunciación muy extendida no sólo en Colombia sino en toda América Latina y que se explica simple y llanamente en que es más fácil de pronunciar cónyugue que cónyuge. En España no tenemos tanto problema para reproducir el sonido fricativo velar sordo [x], muy probablemente por influencia del árabe, por lo que se entiende que este caso de suavización injustificada no se dé en la Península Ibérica.

El español que se habla en Colombia, concretamente el de Bogotá, es, en cualquier caso, nítido, preciso y resulta muy cuidado a todos los niveles, desde en conversaciones informales de la gente de a pie hasta en las intervenciones más serias y solemnes de personajes públicos importantes como las que se retransmiten a través de la radio o la televisión (para empezar, no tienen problemas de leísmo, laísmo y loísmo). Además, las variaciones de entonación, es decir, su musicalidad, lo hacen muy grato al oído. Así que por todos estos motivos, si algún amigo mío extranjero me preguntara qué país de América Latina le recomendaría para aprender español (alguno ya lo hizo en el pasado cuando vivía en Alemania y no supe muy bien cómo responderle), no dudaría en sugerirle Colombia como la primera alternativa.

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Experiencias lingüísticas de un traductor español en Colombia – Introducción

Me encanta viajar. Desde que cumplí la mayoría de edad hasta el día de hoy creo que he vivido en el extranjero algo más de una década. Ahora tengo 33 años y estoy a punto de regresar a España después de una más que interesante experiencia en Bogotá de casi dos años. Como se aproxima el momento de preparar mi viaje de regreso a Madrid he pensado que sería necesario hacer una pequeña reflexión de lo que he aprendido aquí sobre todo desde el punto de vista lingüístico.

Debo decir que en los últimos años estas ansias de viajar han estado motivadas por tener una novia extranjera, colombocanadiense por más señas (antes de eso era yo mismo quien hacía alegremente el petate a cada oportunidad que se me presentara). Ya antes de irme para Colombia habíamos vivido en su país adoptivo, Canadá, por casi año y medio, siendo ésta mi primera gran experiencia en el extranjero al otro lado del Atlántico. Cuando llegó el momento de abandonar Canadá y regresé a España, fue tan sólo para volver a despedirme de la familia y subirme a otro avión, esta vez con dirección a Bogotá. La verdad es que mis últimos años han sido un poco así, de expatriado voluntario que regresa una vez al año a su país, habitualmente por Navidad, para ver a la familia y volver a decir adiós. Despedidas y más despedidas (mudanzas y más mudanzas también); ya he perdido la cuenta de las veces que he visto a mi familia desde el otro lado del arco detector de metales del aeropuerto de Barajas.

Confieso que llegué a Bogotá con una pequeña inquietud de la que me atreví a hablar únicamente a unas pocas personas de confianza. Por otras experiencias mías en el extranjero y porque algo me conozco y sé que mi obsesión por los idiomas tiene también su «reverso tenebroso», me preocupaba contaminarme del español de Colombia y terminar haciendo traducciones híbridas (refritos) con un lenguaje iberocolombiano. Sí, eso era lo que pensaba nada más llegar; pero creo que era una preocupación justificada, dado que mi trabajo consiste en el empleo adecuado del lenguaje.

Cabe decir que durante todas mis estancias en el extranjero he seguido trabajando como traductor autónomo con mis clientes europeos habituales. El único inconveniente ha sido siempre la diferencia horaria. Ahora en Colombia esto iba a romper récords, pues era la primera vez que me separarían 7 horas con respecto a España y Alemania, de donde provienen la mayoría de mis clientes. A este respecto me dije que si había podido trabajar sin inconvenientes durante el año y medio anterior en Canadá, donde existía una diferencia horaria de 6 horas menos con respecto a España, incrementar en una hora esa diferencia no debía suponer ningún inconveniente. Así que hice mis cálculos y determiné que si lograba levantarme todos los días a las 6 de la mañana, en España y Alemania serían las 13 h, y sólo habría transcurrido la mitad de la jornada laboral. Es decir, tendría un 50% de posibilidades de atender tarde las consultas urgentes de mis clientes.

Pero vuelvo a mi inquietud. En mis experiencias en el extranjero he comprobado que mi obsesión por aprender el idioma del país en cuestión me ha llevado siempre a situaciones algo extremas: a aislarme de las comunidades españolas o a contagiarme involuntariamente del acento. Esto último me ocurrió de forma significativa cuando viví en Italia y me consta gracias a las conversaciones telefónicas que mantenía con mi familia y en las que se mofaban de mí cariñosamente porque, decían: «ya cantas como los italianos». Italia fue el caso más flagrante de influencia fonética, pero igualmente tras mi estancia en Alemania no podía evitar bajarme del avión en Barajas todas las Navidades con ese acento algo robótico característico de los germanos.

Contagiarme del acento colombiano, algo que en cierta medida ya ha ocurrido tras más de un año viviendo en Bogotá rodeado de amigos y familiares colombianos de mi novia y completamente aislado de la comunidad española, no me preocupaba realmente. Lo que me inquietaba era que la contaminación (mejor diré influencia) se produjera sobre todo a nivel léxico e idiomático, y que en mis traducciones se me colaran sin darme cuenta palabras propias de la variante colombiana. Pues hay palabras colombianas de uso tan habitual y a las que me he acostumbrado tanto para hacerme entender a la primera que a veces me cuesta mucho utilizar la variante española. Por ejemplo las palabras carro, alcoba, noticierocelular, por nombrar las primeras que me vienen a la cabeza. Afortunadamente, hasta ahora no se me ha colado por error una palabra de este tipo en una traducción, quizá porque soy consciente del riesgo y voy con pies de plomo reforzando los esfuerzos para detectarlas. Pero durante conversaciones telefónicas con mi familia sí he notado cómo debo hacer esfuerzos por suplantar esas palabras por las habituales en España: coche, dormitorio, telediario, móvil.

Mis impresiones sobre el español de Colombia

La verdad es que antes de conocer a mi pareja no tenía ni idea de Colombia. Desconocía totalmente cómo era el acento del país o esas frases idiomáticas o palabras características por las que, por ejemplo, entre los españoles conocemos Argentina (a todos nos suena la interjección ¡che! o las palabras boludo, pibe, quilombo, etc.) o México (igualmente casi todos conocemos las palabras güey, pendejo o cuate). Pero de Colombia, confieso, no tenía ni idea. Aspecto que, como pronto aprendí, no es en absoluto recíproco, pues España, o la Madre Patria como la llaman los propios colombianos, está muy presente en la sociedad de este país sudamericano. Sobre todo porque en su sistema educativo aprenden a fondo la época de la Colonización española y posterior independencia, estudian la tradición literaria española y también, me atrevería a decir, debido a causas sociopolíticas tales como el importante flujo migratorio de colombianos hacia España en busca de una vida mejor.

El español hablando en Colombia está considerado informalmente como una de las variantes más claras de entre todas las existentes, y yo estoy en gran parte de acuerdo. Por lo general, su ritmo es pausado (los colombianos hablan mucho más despacio que los españoles, pero: ¿quién no lo hace? Tenemos bien ganada la fama de hablar rápido), la entonación no es muy marcada (hay regiones en las que sí, claro), la sintaxis es sencilla y el léxico es rico y está poco influenciado por extranjerismos o localismos. Si la comparación fuera viable, podría afirmarse que el español de Colombia respecto al panorama hispanohablante equivaldría dentro de España al español de Valladolid o de Salamanca.

Veamos un ejemplo visualizando un telediario de una de las cadenas de televisión colombianas más importantes, Canal Caracol:

¿Cuántas palabras o expresiones les suenan extrañas a los oyentes españoles? Yo creo que prácticamente ninguna.

Ya sé que estas afirmaciones son muy relativas precisamente porque no existen valores absolutos ni objetivos que justifiquen la afirmación de supremacía de una variante lingüística sobre otra, pues ni existe una variante realmente pura del español ni hablar en una variante concreta es mejor que hacerlo en otra. Pero lo que no se puede negar es que hay ciertas regiones del mundo hispanohablante con mayor influencia de extranjerismos, localismos, regionalismos o cargas dialectales que resultan en un conglomerado lingüístico menos uniforme y sistemático, casi diría «menos cuidado». Es decir, no podemos afirmar que una variante es mejor que otra, pero sí que una variante puede ser más pura que otra desde el punto de vista de su evolución histórica y de su coherencia sistemática. Recuerdo que en la clase de Sociolingüística de universidad tratábamos habitualmente el tema de la «variedad estándar», «variedad pura» o «variedad neutra» de un idioma (en mi caso el italiano y el alemán) y la mayoría de profesores coincidían en la siguiente paradoja: este fenómeno no existía como tal, pero podía no obstante apreciarse una aproximación en el habla adoptada en ciertos programas de televisión, sobre todo en los telediarios. Si uno quiere oír un alemán o un italiano o un español «neutro» que vea un telediario de un canal de difusión nacional, nos decía el profesor. Por eso he puesto como ejemplo el vídeo de arriba.

Uno de los ejercicios mentales (y obviamente subjetivos) que he hecho en ocasiones para determinar si una variante lingüística del español es más o menos «neutra» (que en esencia sé que no existe) o «pura» en el sentido descrito más arriba es pensar en las dificultades que tendría un extranjero en aprenderla. Durante este tiempo en Colombia he tenido ocasión de escuchar (más a menudo que en España) acentos de diferentes variedades lingüísticas latinoamericanas del español, como el venezolano, el cubano, el mexicano o el ecuatoriano, y esto me ha ayudado a distinguirlos mejor. Por lo tanto, me atrevo a decir que un ciudadano inglés, por decir una nacionalidad, aprendería más rápido el español en Bogotá que en La Habana, y ello por la sencilla razón de que la pronunciación del bogotano es más clara, pausada y acorde a las reglas fonéticas normativas del español. Pero lo mismo sirve para un español que desea aprender un alemán lo más neutro posible. En ese caso no le recomendaría ir a la regiones rurales de la Baja Franconia o del sur de Baden Wüttemberg, donde se habla con acentos muy marcados y se emplea léxico propio (son zonas de fuerte presencia dialectal), más bien le aconsejaría ir a Hanóver.

En el siguiente artículo voy a hablar de todas aquellas curiosidades lingüísticas con las que me he topado en esta experiencia tan enriquecedora. Ya sé que llamarles curiosidades no es del todo correcto, o al menos no para todos los casos que quiero presentar, pues muchos de los ejemplos que quiero sacar a colación son aspectos y usos lingüísticos establecidos que incluso están avalados por la RAE. En cualquier caso, intentaré hacer una relación de esos fenómenos que he tenido ocasión de conocer de primera mano y los ordenaré por los siguientes temas: fonología, sintaxis, léxico y (ahora sí) meras curiosidades:

Señal de tráfico «Pare» (Stop)

[Señal de tráfico colombiana de «Pare» que corresponde al «Stop» en España]

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Querétaro, la palabra más bonita del español – 18/06/2011 Día E

El pasado 18 de junio se celebró el día de «todos aquellos que aman el idioma español», una iniciativa fomentada por el Instituto Cervantes para reconocer los méritos de una lengua que, entre otras cosas, con el pasar de los años se ha convertido en la segunda más estudiada del mundo por detrás del inglés y cuya proyección a futuro augura un protagonismo ineludible en el panorama lingüístico.

A tal efecto, el Instituto Cervantes creó una página en la que se proponía a los visitantes votar por la palabra más hermosa en español de entre aquellas que previamente habían propuesto una serie de personajes famosos —cantantes, actores, banqueros, escritores, etc.— de diferentes países hispanohablantes. La palabra ganadora fue Querétaro, propuesta por el actor mexicano Gael García-Bernal. Querétaro es el nombre de una ciudad de México, quiere decir «isla de las salamandras azules» y, por cierto, no la recoge el DRAE. Todos los que participaron en la votación tuvieron que elegir entre estas 35 palabras (junto a la palabra en cuestión aparece el famoso que la propuso, su oficio y su nacionalidad):

  1. Alborada (María Dolores Pradera, cantante y actriz española)
  2. Alegría (Antonio Banderas, actor español)
  3. Alma (Ferrán Adrià, cocinero español)
  4. Amanecer (Mara Torrres, periodista y escritora española)
  5. Amistad (Antonio Skármenta, escritor chileno)
  6. Amor (Chayanne, cantante puertorriqueño)
  7. Añoranza (Justo Bolekia Boleká, intelectual ecuatoguineano)
  8. Bailamos (Alicia Alonso, bailarina cubana)
  9. Belleza (Pau Gasol, baloncestista español)
  10. Cariño (Pedro Piqueras, periodista español)
  11. Confianza (Isidre Fainé, empresario español)
  12. Equilibrio (Andreu Buenafuente, humorista español)
  13. Espíritu (Isabel Allende, escritora chilena)
  14. Flamenco (Alejandro Sanz, cantante español)
  15. Fútbol (Vicente del Bosque, entrenador de fútbol español)
  16. Gracias (Raphael, cantante español)
  17. Investigación (Margarita Salas, bioquímica española)
  18. Jesús (Juan Luis Guerra, cantante dominicano)
  19. Lealtad (El Juli, torero español)
  20. Libertad (Mario Vargas Llosa, escritor peruano)
  21. Madre (Eugenia Silva, modelo española)
  22. Meliflua (Shakira, cantante colombiana)
  23. Muévete (Valentín Fuster, cardiólogo español)
  24. Murciélago (Boris Izaguirre, escritor y comentarista venezolano)
  25. Murmullo (Jaume Plensa, artista plástico español)
  26. Querer (Elena Ochoa, profesora española)
  27. Querétaro (Gael García-Bernal, actor mexicano)
  28. Resplandor (Ana María Matute, escritora española)
  29. Santander (Emilio Botín, banquero español)
  30. Sentimiento (Rosario Flores, cantante española)
  31. (Ángel Corella, bailarín español)
  32. Solidaridad (Diego Forlán, futbolista uruguayo)
  33. Sueño (Luis Rojas Marcos, profesor español)
  34. (Antonio Gamoneda, poeta español)
  35. Verdad (Ricardo Darín, actor argentino)

Como me enteré de esta iniciativa algo tarde no tuve tiempo de elegir la palabra más bonita de las propuestas. De haberlo podido hacer, creo que me habría decantado por una de estas: alborada, añoranza, lealtad, o verdad. Y si tuviera que elegir a la finalista, creo que me habría quedado definitivamente con añoranza. Porque esta palabra porta la letra más característica de nuestro idioma, la ñ, y porque desde el punto de vista morfológico las palabras con el sufijo de acción o efecto -anza se me antojan profundas, potentes y dotadas de un hermoso dinamismo. A nivel semántico, dice el DRAE:

añoranza → acción de añorar, nostalgia / añorar →: (del catalán enyorança) recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido.

En su significado, añoranza es una palabra cuasi poética: «recordar con pena», dice el DRAE. Ya sólo con pensar en alguien que recuerda con pena me puedo imaginar una escena nostálgica y muy rica en matices: ¿qué es lo que recuerda esa persona? ¿Por qué con pena? ¿Qué le causó dicha pena? Etc.

Sin embargo, siento disentir con el diseño del concurso. En primer lugar porque no han dejado que cualquier hispanohablante pudiera proponer su palabra, sino que han pedido a un selecto grupo (nada heterogéneo) que proponga la suya para que luego los demás mortales pudiéramos votar de entre una lista determinada (cual lista cerrada de los partidos políticos españoles): su lista. Creo que habría sido más interesante (y justo) que cualquiera hubiera podido aportar su palabra en el portal durante un tiempo determinado y que la votación democrática final hubiera decidido entre todas las opciones presentadas. A mi parecer, salvo pocas excepciones, las palabras propuestas son tan convencionales que lo primero que pensé cuando las leí fue que sería imposible elegir una de ellas como la más bonita (ya sé que la más bonita no la habríamos encontrado tampoco si la propuesta hubiera sido libre, pero estoy seguro de que alguna de ellas nos habría sorprendido tanto o más que como lo hizo Querétaro).

He dicho que el grupo de celebridades no es lo heterogéneo que debería haber sido porque de los 21 países cuya lengua oficial es el español, sólo hay representados 11 y, para más inri, con una participación abrumadora de personajes españoles:

  • España: 11 personas
  • Chile: 2 personas
  • Puerto Rico: 1 persona
  • República Dominicana: 1 persona
  • Argentina: 1 persona
  • Uruguay: 1 persona
  • México: 1 persona
  • Venezuela: 1 persona
  • Colombia: 1 persona
  • Perú: 1 persona
  • Cuba: 1 persona
  • Guinea Ecuatorial: 1 persona

¿Dónde está prácticamente toda América Central con Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Nicaragua y Honduras? ¿Dónde está Ecuador, Bolivia y Paraguay? ¿Por qué esa prevalencia de españoles? Y también: ¿por qué permiten al presidente del Banco Santander que proponga Santander? Sí, ya sé que Santander es el nombre de la capital de Cantabria, pero curiosamente también el de su banco, de modo que está haciendo publicidad de su empresa de todas formas.

Pero bueno, dejando a un lado estos aspectos algo polémicos, si yo hubiera podido aportar mi propia palabra creo que habría pasado días embelesado en una especie de trance insoportable, sobre todo para mi familia y allegados. Y es que la decisión no es nada fácil. Cuando uno encuentra una palabra que puede ser la adecuada, de repente le entran de nuevo a uno las dudas de si no habrá otra mejor, prolongando el éxtasis de la búsqueda hasta el infinito. Así que yo sólo voy a poner aquí la palabra que considero más hermosa de la lengua española tras unas pocas horas de reflexión. Para ello, he querido encontrar una palabra sencilla pero con riqueza semántica, una palabra de pronunciación noble y a ser posible que pudiera ser articulada con facilidad por personas no hispanohablantes. Y encontré ésta: senda.

El DRAE la define así:

senda.

(Del lat. semĭta).

1. f. Camino más estrecho que la vereda, abierto principalmente por el tránsito de peatones y del ganado menor.

2. f. Procedimiento o medio para hacer o lograr algo.

3. f. Cuba y Ur. carril (‖ de una vía pública).

Senda es otra palabra dinámica que tiene un rango de usos muy grande. Su fonética es sencilla y limpia, y creo que puede ser pronunciada por extranjeros con relativa facilidad. Senda es además una palabra muy empleada en poesía precisamente por su flexibilidad, profundidad y versatilidad. Es fácil otorgarle cargas semánticas ricas y diversas, y es amiga de las metáforas y otras figuras retóricas.

Pero llevamos mucho rato hablando de palabras que nos resultan bonitas. ¿Qué hay de las palabras feas? De esas seguro que se nos ocurren varias al instante, ¿eh, pillines? Yo no he necesitado más de unos segundos para dar con cenutrio, orondo o hematoma. Y si me estrujo un poco más la cabeza me viene pirracasregüeldo, calandraca e inicializar. Lo hermoso de las palabras es que su efecto en el receptor depende también de la forma en que se digan. Así, podemos llamar a alguien de forma cariñosa empleando palabras despectivas (vamos cabroncete) y viceversa (mi jefe es un amor). Y no sólo eso, sino que hasta esas palabras que nos resultan desagradables pueden dejar de serlo como por arte de magia si las repetimos varias veces seguidas: regüeldo, regüeldo, regüeldo, regüeldo… Haced la prueba con la palabra que menos os guste. Otro ejemplo: la palabra estrujar puede resultar en un principio algo fea, pero, a mí por lo menos, tras pronunciarla varias veces deja de molestarme el raspado de la tr y de la j para quedarme embelesado por su poder onomatopéyico.

Por ejemplo la palabra pirracas, que no está en el DRAE pero debería, se empleaba originalmente para denominar a los gatos callejeros de Madrid, animales sagaces y traviesos. Sin embargo, con el pasar del tiempo también se empezó a usar para denominar a las personas que se caracterizaban por dichos atributos. Al principio pirracas me pareció un vocablo horrible, pero actualmente, cuanto más lo pronuncio, más me gusta. Me hace sonreir. Hasta el punto que necesito encontrar imperiosamente la ocasión de emplearla (¡Oye, tú! Eres un pirracas, que lo sepas). Menos mal que tengo un gato en casa y tengo así cubiertas estas necesidades.

De manera que la belleza o fealdad de una palabra es algo tan subjetivo como el gusto por un color o un género musical. Unas palabras suenan bien a unas personas, pero no a otras. Otras palabras tienen un significado elevado, pero pueden resultar pedantes a ciertos oídos más campechanos. Otras palabras nos encantan un día y con el paso del tiempo las terminamos odiando. Es imposible controlar esto y en ocasiones da la sensación de que son ellas las que nos controlan a nosotros. Así que antes de que se me suban a la chepa termino con unas preguntas destinadas a la audiencia.

  1. ¿Vosotros con qué palabra de las 35 propuestas os quedaríais?
  2. Y si hubierais podido proponer la vuestra, ¿cuál elegiríais como la más hermosa?
  3. ¿Y como la más horrenda?

Ahí queda eso, ¡pirracas!